lunes, 5 de febrero de 2018

SOBRE SABLES Y ESPADAS

El Sable

Por Juan José Pérez, de la AEEA.
Si pedimos a cualquiera que nos dibuje a un soldado a caballo, de forma casi indefectible nos mostrará a ese soldado blandiendo un sable curvo. En efecto, en el ideario colectivo la imagen del sable está asociada indefectiblemente al estamento militar, y más concretamente a sus cuerpos, ya lamentablemente extintos, de tropas montadas a caballo.
No obstante, el sable no ha sido siempre patrimonio exclusivo de las tropas a caballo, y además merece en todo caso una definición más amplia. Podemos decir que un sable es un arma blanca larga, generalmente de hoja curva, generalmente de un solo filo, usado normalmente a una mano y preponderantemente de corte.
Con las cursivas anteriores quiero significar que ha habido armas denominadas como sables rectos de caballería (aunque prefiero en estos casos, como el de los conocidos modelos Puerto-Seguro, la denominación de espadas de montar, o en el peor de los casos espadas-sable), sables de dos filos (muy raros, aunque sí que es habitual la presencia de un falso filo en el exterior del último tercio de la hoja), sables de mano y media o a dos manos (los conocidos grosse messer suizos del siglo XVI, o las katanas japonesas) y que, por supuesto, muchos sables presentan en su diseño características que les hacen igualmente útiles para asestar estocadas.
El origen del sable tiende a ser atribuido con cierta ligereza a los pueblos orientales, más concretamente los de influencia islámica (los pueblos turcos, persas, etc.). No obstante, esto no se ajusta por completo a la verdad. Si bien estos pueblos hicieron uso extensivo del sable y produjeron ejemplos verdaderamente magníficos en su belleza y funcionalidad (pocas hojas tienen un diseño más depurado que un buen shamshir persa), quizá fuera más correcto asignar su origen entre los pueblos magiares de Europa central y balcánica a principios de la Edad Media. De hecho, una de las dos espadas tradicionalmente asociadas a Carlomagno es un sable de este tipo. Hay que señalar además que las espadas tradicionales de los pueblos árabes eran rectas, como lo serian, por ejemplo, durante toda la existencia de Al-Andalus en nuestra península.

Sí se sabe, no obstante, que las espadas medievales europeas de un solo filo y hoja en algunos casos curva (los bracamartes italianos o cuytellos castellanos – cuchillos -, que los ingleses denominan falchions) no son en modo alguno los antepasados del sable que posteriormente gozaría de enorme popularidad. Son los regimientos de húsares polacos y húngaros quienes, al formar parte de ejércitos de otras potencias centroeuropeas durante los siglos XVII y XVIII, lo introducen en el resto del continente, donde se demuestra un arma particularmente adaptada a su uso por la caballería ligera, por su capacidad para el combate en melé, la persecución y el escaramuceo. No resulta tan apto para su uso en la carga por la caballería de línea, y de hecho algunas naciones, como España, fueron bastante reacias a su uso generalizado, aunque parece que temporalmente lo adoptaron los dragones a mediados del XVIII, aunque posteriormente retornaran a la hoja recta. Sólo muy a finales de dicho siglo, al popularizarse los regimientos ligeros de húsares y cazadores a caballo, el sable tendría presencia en nuestros ejércitos.
No obstante, el sable había llegado para quedarse. Durante el siglo XIX, aparte de su uso masivo por la caballería ligera, algunas tropas de infantería, como los cazadores y granaderos a pie, lo tuvieron a su disposición en versiones de hoja algo más corta, y en la marina adoptó formas destinadas a la oficialidad y a la marinería, recibiendo en este último caso el nombre de sables de abordaje. Tampoco fue ajeno a las modas y se adoptaron temporalmente tipologías de naturaleza exótica como, por poner un ejemplo, los sables a la mameluca que trajeron de Egipto los oficiales de Napoleón, y fueron portados con entusiasmo por la alta oficialidad de media Europa, España incluida, una vez producidos localmente de forma más o menos fiel a los originales islámicos.
La popularidad del sable como arma de combate llegó hasta bien entrado el siglo XX. Junto a su uso por parte de las tropas españolas durante la Guerra de Marruecos en cargas a caballo, es de destacar que en plena Segunda Guerra Mundial los cosacos (tanto los pertenecientes al Ejército Rojo como los aliados de Alemania) disponían de sus famosas shaskas como armas plenamente eficaces para los consumados jinetes que eran.
Finalmente, la aparición de las armas automáticas pronto hizo que el sable abandonara su último reducto de combate, la caballería, para quedar relegado a una mera función decorativa como complemento aún indispensable del uniforme de gala de numerosos ejércitos. O bien, tras su uso como arma de duelo individual, convertirse en el arma que hoy se utiliza en una de las modalidades de la esgrima deportiva, asemejándose ya tan sólo en apariencia al arma original.
En el siguiente gráfico pueden apreciarse algunos de los elementos constitutivos del sable, en este caso sobre un modelo en uso por la caballería rusa durante las guerras napoleónicas que reúne muchas de las características esperables en un buen sable de caballería ligera:
Como vemos, presenta una hoja curva, con filo corrido en todo su exterior y contrafilo en el sólo en el tercio próximo a la punta por el interior. En este caso la montura (o guarnición) de este sable presenta un diseño con guardamano y tres gavilanes, estéticamente muy acertado y que cumple su función de protección de la mano que lo empuña sin resultar aparatoso:
A partir de esta morfología es relativamente sencillo entender que su esgrima se basaba fundamentalmente en el corte, favorecido (al menos en teoría) por su hoja curva. En esgrima a pie, se hacía abundante uso de cortes saliendo de molinetes con la mano baja y la punta alta, tratando así de descubrir lo menos posible el cuerpo y cabeza durante esta maniobra. Según los tratadistas del XIX, la estocada de sable nunca debía tirarse de primera intención, y algunos no la consideraban útil en absoluto con este arma, asegurando que nunca debía tirarse.
El sable militar, no obstante, derivó paradójicamente hacia su uso de punta, pues según los teóricos de finales del XIX era la forma natural en que la caballería debía usarlo, especialmente durante las cargas. No hacían sino redescubrir un hecho que las espadas rectas de la caballería española del XVIII ya atestiguaban. Un gran defensor de esta doctrina fue el Marqués de Puerto-Seguro, Luis de Carvajal, quien desde su empleo de Capitán de Caballería diseñó, y consiguió tras muchas tribulaciones que se adoptase, el sistema de armas que llevan su nombre
La Espada Ropera
Por Juan José Pérez, de la AEEA.
La espada ropera es el arma que instintivamente asociamos a nuestro Siglo de Oro como parte de la vestimenta de un gentilhombre: su cruz, de largos y delgados gavilanes, su guarnición, de taza, conchas o lazo, su hoja, larga y estrecha, dotan al conjunto de una elegancia notable y un equilibrio que cualquier persona dotada de un mínimo gusto estético no puede dejar de admirar. Su periodo de máximo esplendor podríamos situarlo entre 1.525 y 1.675, aproximadamente, siendo reemplazada progresivamente por el espadín típico del siglo XVIII, de origen francés.
No obstante su belleza, estamos ante un arma auténticamente letal, y extremadamente adaptada al combate real en duelo. La espada ropera está adaptada a un estilo de esgrima propio, que está en el origen de la esgrima posterior para espadín, e incluso de las del florete y espada deportiva, pero con su propia dinámica y necesidades ofensivas y defensivas, lo que la hace muy diferente en su práctica.
El término “espada ropera” es de origen español, y aparece por vez primera en el Inventario de Objetos perteneciente al Duque Don Álvaro de Zúñiga, en fecha tan temprana como 1468 (según describe J.M. Peláez, en su magnífico artículo sobre la ropera publicado en la revista Gladius). En Francia se habla por primera vez de la espada ropera (la rapière) en documentos de en torno a 1474. Un autor de referencia obligada como Oakeshott, en su libro “European Weapons and Armour”, soporta esta idea e indica que a ya principios del siglo XVI el término estaba bien establecido en Francia, adoptándolo pronto los ingleses como “rapier”.
Es importante señalar que al menos en el siglo XVI una espada ropera no era tan sólo un arma para su uso exclusivo de punta, con hoja se sección estrecha y aguzada. En realidad, en la España de la época cualquier espada destinada a un uso de duelo y de vestir, acompañando a las vestimentas de un civil (o de un militar en traje civil), era denominada ropera, quedando por tanto fuera de esta denominación sólo las espadas puramente militares, de guarnición sencilla. Encontramos por tanto durante este periodo elaboradas guarniciones de lazo acompañando a hojas relativamente anchas, apropiadas para un uso tanto de punta como de corte, y aún estaremos frente a una espada ropera. Incluso a finales del siglo siguiente (ya hacia 1.660-80), cuando las hojas de fina sección cuadrangular o romboidal (llamadas verduguillos) son ya moneda común, algunas espadas civiles de hoja ancha volvieron a estar de moda en España, siempre montando guarniciones propias de auténticas espadas roperas.
En cuanto a las guarniciones, hay tres tipos principales que debemos considerar: guarniciones de lazo, de conchas o de taza, que de forma consecutiva van brindando una mayor protección de la mano que la empuña.
Una guarnición de lazo está compuesta por los gavilanes (la cruz, propiamente dicha), largos y generalmente no muy gruesos, un guardamano en forma de arco que protege los nudillos, uno o dos anillos perpendiculares al plano de la hoja, y una serie de ramas que unen entre sí todos estos elementos por el anverso o zona exterior, y por el reverso o zona interior de la guarnición. No todos estos elementos deben estar necesariamente presentes, y por ello algunos autores clasifican este tipo de guarniciones como de cuarto de lazo, medio lazo, tres cuartos y de lazo entero, en función del número de estos elementos presentes. Esta guarnición, habitual entre 1550 y 1620, aproximadamente, tiene su origen en las guarniciones de patillas de finales del s. XV, y era realmente eficaz para parar cortes, pero en algunos casos la punta del rival podía introducirse entre los diferentes ramales y lastimar la mano que empuñaba el arma. Por ello solían usarse guantes de cuero relativamente gruesos al luchar con este tipo de espadas. No obstante, para muchos, entre los que me cuento, la elegancia, equilibrio y sencilla belleza de este tipo de guarniciones son con frecuencia simplemente insuperables, y son un digno exponente del arte renacentista.
Conforme evolucionaba la esgrima hacia un uso cada vez mayor de la punta, se hizo necesaria una mayor protección de la mano, por lo que entre los anillos de la guarnición de lazo se añadían con frecuencia chapas metálicas (conchas). Con el tiempo estas conchas estaban formadas por una sola pieza de chapa de hiero o acero bilobulada, que se unía mediante un par de patillas a la cruz. Nacía así la guarnición de conchas, típicamente española, práctica y resistente, y que gozaría de un periodo de popularidad extremadamente largo, pudiendo encontrarse ejemplares entre 1640 y… ¡1790! Su éxito fue grande en ámbitos militares, y los últimos ejemplares que se conocen eran típicamente espadas destinadas a su uso por la caballería.
Para incrementar aún más si cabe la protección de la mano, otras guarniciones prácticamente contemporáneas a las de conchas presentaban no una chapa bilobulada, sino un auténtico casquete semiesférico, que en la práctica tomaba la forma de un bol o taza, sostenido igualmente por un par de patillas. Esta taza, que da nombre a este tipo de guarnición, unida a los gavilanes y el guardamano, ofrecía un nivel de protección máximo de la mano, resultando simultáneamente bastante ligera. Su uso se extendió esencialmente por España e Italia, perdurando hasta bien entrado el siglo XVIII. Es la clásica guarnición que todos asociamos mentalmente a una ropera.
La espada ropera, sin llegar a ser un arma pesada o incómoda de manejar, no es desde luego el tipo de arma que podemos ver en las películas “de mosqueteros”. En el cine frecuentemente encontramos guarniciones de estilo ropera (normalmente de taza) unidas a hojas de espada de moderna esgrima deportiva, algo más cortas y mucho más ligeras y flexibles que las auténticas hojas originales. La ropera era un arma de dimensiones considerables (algunas hojas superaban holgadamente el metro de longitud) y un peso apreciable (cercano a un kilogramo), por lo que su esgrima debe adaptarse a este hecho. Por ejemplo, las acciones suelen darse en un solo tiempo (uniendo la parada y la respuesta en un movimiento continuado), dada su mayor inercia intrínseca.
Aun así, una buena pieza de época que mantenga todos su elementos originales (guarnición, puño y pomo) está dotada de un equilibrio tan perfecto que la hace mucho más rápida en la mano de lo que sus dimensiones puedan sugerir a primera vista. El punto de equilibrio de estas espadas suele situarse a unos cuatro dedos de la guarnición, aunque esto es muy variable y depende del uso previsto para cada pieza (esto es, favoreciendo en exclusiva la esgrima de punta o permitiendo su uso de corte). Por ello, cuando nos encontramos ante una pieza dudosa, la sensación que nos produce en la mano suele ser determinante a la hora de diferenciar una auténtica pieza del siglo XVII de una reproducción de finales del XIX, pongamos por caso, bella en apariencia pero que en la mano no pasa de ser más que una barra de hierro.
Mandobles, Montantes y Estoques
Por Adolfo R. Bernalte Sánchez, de la AEEA.
El término “Mandoble”, como su propio nombre indica, “Mano doble”, designa de forma genérica, un tipo de espada la cual debido principalmente a su diseño y dimensiones, precisa para su uso de las dos manos. De igual manera, al hecho de golpear con la espada usando para ello ambas manos, recibe también el nombre “Mandoble”. Es por tanto, que podemos distinguir dos significados distintos del mismo vocablo, uno en lo referente a la morfología del arma en sí, y otro en cuanto a su forma de uso. Refiriéndonos al primero, que es el que realmente nos interesa en el presente estudio, vamos a definir con la voz “Mandoble”, toda aquella espada, que debido a sus características morfológicas tales como dimensiones ó diseño, van a conceptuar, un estilo de esgrima, en el cual el uso de ambas manos será indispensable.
Esta tipología de espada, va a su vez a agrupar a otras subcategorías que a su vez englobarán todas aquellas espadas o espadones de dos manos independientemente de su datación cronológica, diseño o forma de uso. Para centrarnos en el término genérico que nos ocupa, colocaremos el punto de origen de dicha tipología hacia la primera mitad del siglo XIV. Atendiendo a tales fechas, (1300-1350), vamos a encontrarnos con una serie de características afines a la data, como es el caso de las guarniciones de arriaz recto, con los gavilanes en ocasiones ligeramente curvados hacia la hoja, así como el pomo generalmente de forma discoidal. Este tipo de guarniciones, suelen presentar, una hoja de cierta longitud, normalmente por encima de los 90 cm, llegando en algunos ejemplares hasta los 110 cm. Estas hojas, dotadas de dos filos, y evolucionadas de tipologías anteriores en función del desarrollo paralelo del armamento defensivo, presentan en determinadas ocasiones algún vaceo o canal central en los dos primeros tercios de su longitud, y van a precisar, -como ya hemos dicho- de grandes empuñaduras para su afianzamiento con ambas manos, así como de grandes pomos que aporten equilibrio al conjunto. Su peso total, es importante por supuesto, pero nunca debemos olvidar que son espadas y por tanto sujetas a una funcionalidad específica. Son muy raras las muestras que llegan a los 2,5 Kg. de peso. (esta tipología de espadas, se podría englobar perfectamente en los denominados tipo: XIIa, XIIIa, según la clasificación del profesor E. Oakeshott, y aparecen mencionadas como “Grandes Espadas de Guerra”, ó “Espadas Alemanas” debido principalmente a la notable presencia en los grupos escultóricos pertenecientes a tumbas alemanas de mediados del siglo XIV).
La función primordial de estas espadas es el golpe de corte, con lo cual ambos filos se prolongarán hasta el talón no precisando –en principio- ninguna protección auxiliar por delante de la cruz, -protección, que aparecerá no obstante en un corto periodo de tiempo, con motivo de la evolución hacia una esgrima mixta, en la cual el uso conjunto de corte y punta, prevalecerá sobre la anterior-.
La evolución lógica del armamento defensivo, -arneses de placas- va a influir notoriamente en las formas de nuestra espada. La necesidad de atravesar dichas protecciones provocará que los filos pierdan progresivamente su paralelismo, -característica de la tipología anterior- formando en este caso, una aguda punta destinada para tal fin. La sección variará también ganando en grosor –secciones romboidales- con la lógica pérdida de los vaceos, como consecuencia de las nuevas exigencias de ataque de punta. Estas circunstancias propiciarán a su vez una cierta pérdida en la longitud de las hojas, -unos 90 cm. aprox.- o en su defecto volviéndose más estrechas, evitando de esta manera el peso excesivo de las mismas, aunque las empuñaduras mantendrán durante algún tiempo más, su característica de doble mano, sobre todo en las hojas de mayor longitud. (Tipo XVa en la clasificación del Profesor Oakeshott).
Todos estos cambios que se sucederán a lo largo del siglo XIV, van a conformar la morfología de otras subcategorías que irán apareciendo como consecuencia del proceso evolutivo del armamento defensivo. Por citar algunas, y al hilo de lo anterior, tenemos una rama de dicha evolución que culminará en los estoques del siglo XV, en los cuales, de forma progresiva a la disminución de la longitud de las hojas, -entre 70 y 80 cm.- se producirá también la disminución de la longitud de las empuñaduras, hasta prácticamente perder su calificación de “mano dobles”. (Tipo XV en la clasificación del Profesor Oakeshott)
En otra de las ramas evolutivas podemos citar las denominadas “espadas bastardas” de mano y media, que tienen sus máximos exponentes durante la segunda mitad del siglo XIV, y principios del XV. Esta nueva tipología acepta varias morfologías en cuanto a su hoja se refiere, encontrándonos ejemplares del tipo XVa –citado anteriormente- así como otras provistas de fuertes hojas ocasionalmente acanaladas en su mitad fuerte, y dotadas de filos convergentes, pudiendo ser usadas indistintamente como armas de corte ó de punta, (Tipos XVIa y XVII en la clasificación del Profesor Oakeshott), a la vez que presentan una empuñadura que aún siendo un poco mas corta que las anteriores, permite no obstante su doble empuñadura. El término “Bastarda”, con que se designa esta tipología, se aplica ya los siglos XV y XVI, y aparece bien documentado en un tratado del siglo XVII de Marc de Vulson “Vray Theatre d´Honneur”, el cual haciendo referencia a un duelo en 1549, Enrique II de Francia menciona “Deux epées bâtardes, puovant servir à une main ou à deux”
Todas estas espadas, -enclavadas aún en un contexto medieval-, se encuentran ligadas de forma coherente al espíritu caballeresco que reinará en la Europa desde la alta Edad Media, son por tanto el armamento indiscutible del caballero, para ser usadas tanto a caballo como a pié. Este concepto en sí, no implica que se trate de un arma exclusivamente de Caballería, -y esto es muy importante comprenderlo- ya que eran ceñidas por el caballero, en virtud de su posición social y estatus nobiliario, al igual que el resto de las armas de su panoplia armamentística, incluida su montura, -el conjunto denominado “lanza”-. Creemos por lo tanto que es más correcto hablar del armamento de un determinado estamento social, más que el de un arma determinada del ejército, tales como la Caballería, o la Infantería, -independientemente de que la tropa también se equipase con espadas en un momento posterior, como complemento de su propia panoplia-.
En otro orden de cosas, y siguiendo nuestro repaso al proceso evolutivo del que hablábamos anteriormente, nos encontramos con otra de sus ramas, la cual va a originar una tipología de Mandoble muy peculiar, heredero en cierta medida de las formas de sus antecesores, pero con ciertas características muy concretas que van a determinar, tanto su forma de uso, como de su usuario, nos referimos como no al Montante.
El origen del Montante vamos a situarlo cronológicamente, hacia el último tercio del siglo XV, como evolución de algunas de las tipologías anteriores que determinarán una gran espada, cuya longitud de hoja supera fácilmente los 120 cm. Y para uso exclusivo del soldado de a pie. Esta tipología tendrá sus máximos exponentes durante el siglo XVI, siendo escasos los ejemplares de principios del XVII. Estas piezas, -como ya hemos dicho- presentan unas hojas de gran longitud y cuya anchura máxima, oscila entre los 40-70 mm. En muchas ocasiones con uno ó varios canales que recorren los tercios fuertes rebajando de esta forma su peso a la vez que añadiendo rigidez. Una de las características más llamativas en estas grandes espadas, es la existencia –no en todos los casos- de una cruceta ó falsaguarda, situada en el tercio fuerte, y que tiene como misión, proporcionar un asimiento protegido, por delante de la cruz mejorando de esta manera el equilibrio del conjunto, en determinadas técnicas esgrimísticas. En otros casos, la existencia de un largo recazo suplirá la función de la mencionada cruceta. Seguirá manteniéndose la guarnición de cruz de gavilanes rectos, con la presencia ocasional de uno o dos puentes de guarda, adecuándose a las medidas y modas artísticas del momento, con empuñaduras no ya de dos manos, sino de hasta cuatro y cinco –si las hubiere-, y con grandes pomos para equilibrar todo el conjunto, que abandonando las formas discoidales, más comunes en el medievo, adoptarán formas esféricas, periformes, lobuladas etc. Más en la línea renacentista que nos ocupa. Aún con esto volvemos al hecho de tratarse de armas funcionales, con lo que rara vez excederán de los 3 Kg. de peso.
En la familia de los Montantes, existe una categoría que por sus peculiares características, merece especial atención, nos referimos, a los denominados “de Lansquenette” ó “Zweihänder Schlachtschwerter” (Espadas de batalla de dos manos) por haberlos hecho famosos esta variopinta tropa de soldados mercenarios. Se trata de grandes espadones de origen suizo y germánico, que presentan exageradas hojas de longitud y anchura mayores que las citadas anteriormente, existiendo muestras de más de dos metros de longitud total, pero también en algunos casos con menor grosor de sección. Estas grandes hojas no mantienen un canon específico mostrándose tan anárquicas en su construcción como el propio espíritu de sus propietarios. Abundando las formas flamígeras, las grandes crucetas en forma de media luna, etc. Con guarniciones de cruz recta, cuya factura es más parecida a obras de rejería que a protecciones propiamente dichas.
Estos espadones, estaban concebidos para su uso exclusivamente a pie y servían para abrir paso entre las formaciones de piqueros, en el contexto de un ejército moderno. A diferencia de sus antepasados medievales, aquí si podemos hablar de una espada para un cuerpo determinado de Infantería, en este caso los Lansquenettes. Obviamente, debido a su diseño y construcción, se trata de espadas más pesadas que sus antecesoras, pero insisto en que la mayoría de ellas nos sorprendería por su ligereza en función de su tamaño, pues como dice un gran amigo y colega nuestro “eran antiguos, pero no idiotas..”
Retrocediendo de nuevo al siglo XV, vamos a enlazar con otra rama en la evolución de nuestros espadones, Las grandes espadas escocesas, comúnmente denominadas “Claymore”, del gaélico “Claidheamh mòhr” o “Espada grande”. Esta tipología de espadones, se caracteriza principalmente por su arriaz de brazos caidos, hacia la hoja, formando un ángulo, así como los remates de los gavilanes, siendo los más conocidos, los de forma de trifoglio o tetrafoglio, -ya del siglo XVI-. Poseen una larga empuñadura que remata en grandes pomos del tipo discoidal. Las hojas tiene una longitud normalmente superior 110 cm. son de dos filos paralelos, presentando en muy determinadas ocasiones un ligero vaceo central. En siglos posteriores, sobre todo el XVIII, el nombre “Claymore”, se utilizará para designar –erroneamente- a prácticamente la totalidad de las espadas de producción escocesa, principalmente las de guarnición de farol “Baskethilted Broadswords”.
Existen otros tipos de espadones, mandobles, estoques y montantes, que debido a su carácter ceremonial, – en casos como la representación del poder real o eclesiástico-no vamos a tocar por el momento, en este grupo entrarían los Montantes y Mandobles de Ceremonia, Los Estoques Pontificios, etc
Como hemos podido apreciar, en esta pequeña introducción, la existencia de espadas de dos manos o mandobles, se puede situar en origen, en la primera mitad del siglo XIV, habiendo sufrido ciertos cambios morfológicos en función de su técnica de uso a lo largo del siglo XV, y culminando en los grandes exponentes del siglo XVI, a partir de los cuales, va a caer rapidamente en desuso, como consecuencia entre otras, del avance técnico del armamento de fuego, el cual modificará radicalmente las técnicas de combate en la guerra moderna, manteniéndose únicamente como espadas de tipo ceremonial. De esta forma entendemos que el término mandoble en su origen, agrupará todas las demás posibles acepciones, en cuanto a una espada de dos manos, independientemente de su datación o tipología, siendo el resto de los casos, como el Montante, el Estoque, y cualquier otro tipo de espada de dos manos, ejemplos muy concretos, destinados a un uso también muy concreto en virtud de su funcionalidad.
La Espada Medieval
Por Óscar Torres Carrasco, de la AEEA.
Por la denominación de Espada Medieval nos referimos a la espada recta, de doble filo y empuñadura para una mano que se utilizó desde el siglo X hasta el XVI en todas sus variantes; El arma típica del caballero o el soldado medieval.
La espada medieval tuvo su origen, a grandes rasgos, en las espadas Vikingas, que a su vez fueron un desarrollo de las espadas Romanas y Celtas (el estudio detallado de ésta evolución es por supuesto mucho más complicado, y no pretende ser el objetivo de éste artículo, que es una mera aproximación) . Las espadas Vikingas tenían una morfología particular, en la cual se puede adivinar la forma inconfundible de la futura Espada Medieval en versión primitiva.
La espada Vikinga era un arma de hoja recta y ancha, doble filo, con ancho vaceo por ambos lados y con una punta poco aguda y en muchos casos directamente redonda, poco grosor de hoja y con los filos paralelos o con muy poco estrechamiento distal, lo que indica a las claras que estas espadas se usaban principalmente para cortar.
Su punto de equilibrio estaba a una distancia considerable de la guardia, lo que aumenta la inercia y potencia de sus golpes, pero dificulta recuperar el arma tras lanzar un ataque, por lo que esta espada se usaba siempre acompañada de un escudo para permitir al guerrero utilizar su arma únicamente para atacar y al mismo tiempo estar bien defendido. La guardia solía ser recta casi siempre, y bastante corta, de forma que apenas superaba su anchura la de la hoja por unos pocos centímetros, por lo que se deduce que estaba pensada más que para defender con efectividad la mano ante los cortes del enemigo, para evitar que ésta deslizase por la empuñadura hasta la hoja, y también para que no se aplastase en caso de chocar la mano contra el escudo de algún contrincante.
El pomo solía ser de formas lobuladas, y bajo él se situaba una contraguardia, que era una placa plana, parecida a la guardia pero del tamaño del pomo y situada al final de la empuñadura para evitar que la espada se escapase de la mano al usarla. Esta contraguardia estaba remachada al pomo, y éste a la espiga de la hoja. En realidad, precisamente era ésta contraguardia la que ejercía el papel principal del pomo (tope y contrapeso) pues los lóbulos añadidos a él generalmente eran huecos.
Aunque la metalurgia de los Vikingos era excelente, las hojas de sus espada nunca superaron los 75cm de longitud. El peso de estas armas estaba en torno a 900 gramos y kilo doscientos, y se usaron durante los siglos VII al IX.
Más tarde, en el siglo X, considerado el momento en el que desaparecen las tribus vikingas como tales, el diseño de la espada Vikinga deriva en el de la Espada Normanda, base desde la cual todos los pueblos Europeos desarrollarán los diferentes tipos de espadas medievales.
La Espada Normanda (Oakeshott tipo X) ya está dotada de una guardia más ancha y capaz de defender la mano del usuario con más efectividad, así como de servir como arma por sí misma, y una hoja más larga y puntiaguda que permite usar el arma tanto con cortes como con estocadas, aunque en este caso todavía predomina el ataque cortante. Los pomos tienen variedad de formas, siendo las más comunes la de Hongo (“boletus”), Nuez de Brasil, Sombrero de Obispo, o Disco.
La Espada Medieval típica (Oakeshott tipos Xa, XI, XII, XIII)tiene una hoja casi invariablemente recta y de doble filo, de perfil lenticular achatado y con acanaladuras en ambos lados para aligerarla sin restarle resistencia. La longitud de la hoja varía entre 70 y 85cm, y ya está dotada de una punta capaz de atravesar casi todas las armaduras de la época, salvo quizá las cotas de mallas remachadas. El punto de equilibrio se aproxima más a la guardia, haciendo más fácil y fluido su manejo, a pesar de que su masa se incrementa hasta alcanzar un peso de entre 900 gramos y 1,3 Kg, Las empuñaduras siguen siendo cortas y para acomodar una sola mano, y por tanto estas armas también se usan casi siempre (incluso en el caso de la caballería) acompañadas de un escudo. Sigue siendo una espada enormemente contundente, como demuestran diversos grabados y tapices de la época en las que se representan batallas y la efectividad de estas armas. También se han encontrado fosas comunes pertenecientes a batallas medievales en la que los esqueletos mostraban a las claras el tipo de horribles heridas que estas armas podían inflingir.
Como siempre ha ocurrido a lo largo de la historia, el desarrollo de las armas ha sido parejo al de las defensas, de modo que según avanza el medioevo, la forma de la espada evoluciona para tratar de contrarrestar el incremento en las defensas del guerrero profesional (que no del ocasional o forzoso, que se protegía como podía) y por tanto la forma de sus hojas deriva a un nuevo modelo en el que prima el poder dar fuertes estocadas antes que cortar. La cota de mallas se demuestra casi invulnerable ante los cortes de una espada, de modo que se desarrolla un tipo de hoja de forma triangular, ancha en la base y fina en la punta, con sección generalmente de diamante (4 mesas) y punta reforzada que permita atravesar esta defensa y reventar las anillas de las cotas de mallas (Oakeshott tipos XV, XVI y XVIIIa).
Estas espadas, más mazizas que los anteriores modelos, Suelen pesar algo más que las de perfil lenticular, pero la forma triangular de su hoja las suele hacer más fáciles y fluidas de manejar, puesto que al concentrarse la mayoría del peso en la zona más cercana a la empuñadura el punto de equilibrio está muy cercano a ésta, convirtiendo a estos modelos en los mejores en cuanto a manejabilidad. En este punto, existen ya muchos modelos de pomos, como los de disco, bola, cola de pescado, facetados, etc… y la longitud de las empuñaduras en algunos casos se incrementa hasta terminar por crear otro subtipo de espadas, las Bastardas.
En el siglo XIV aparecen las armaduras de Placas, magnífica defensa capaz de contrarrestar con efectividad casi cualquier ataque cortante, y muchos de los penetrantes, a menos que se acierte en una abertura entre las piezas, requiriendo de armas más potentes para ser combatida con cierta efectividad, de modo que el arma por excelencia del guerrero y el caballero deja de ser la Espada Medieval clásica, para pasar a ser la Espada de Mano y Media o Espada Bastarda, más poderosa y versátil, aparte del hacha de armas, la maza, y otras armas más resolutivas contra oponentes armados de Punta en Blanco.
La Espada Medieval ha defendido el honor de los caballeros durante 500 años…y no dejará de existir, sino que evolucionará a nuevas formas acordes con los nuevos tiempos en los que ya se usa la pólvora en el campo de batalla. Las Hojas tienden a estrecharse un poco, y casi siempre se dotan de poderosas puntas. Las guarniciones desarrollan numerosos apéndices que protegen la mano del soldado, ahora sin guantelete, como el guardanudillos, las anillas laterales, gavilanes, lazos, conchas, etcétera. La espada de guerra del renacimiento guarda similitudes respecto a la medieval en cuanto a función y uso, pero tanto ella como su esgrima se perfeccionarán aún más en los nuevos tiempos en los que los campos de batalla dejan de contemplar formaciones de arqueros y cargas de caballería, para pasar a los cuadros de picas, mangas de arcabuceros y artillería.
La Espada de Mano y Media
Por Oscar Torres Carrasco, de la AEEA.
Las Espadas de Mano y Media, También conocidas como Espadas Bastardas, son una evolución de la Espada Medieval típica concebida para hacer frente al mayor grado de protección que conceden las armaduras. (Lórigas de malla en primer lugar, Arneses de platas o placas posteriormente)
Hay que empezar aclarando que dentro de la denominación de Espada de Mano y Media hay dos grandes clases diferenciadas. La primera variante es la de las armas protagonistas de éste articulo, de hoja larga y empuñadura para las dos manos que también se conocían como Espadas de Guerra o Espadas largas (Espées d`guerre, Grete sverdes, Longswords, Langeschwert, etc) y la segunda clase distingue a unas espadas con hojas más cortas, de alrededor de 80-85cm, y empuñadura para una mano y media, que eran las conocidas como espadas Bastardas. Todos estos nombres denominaban una serie de modelos de espadas con características y función similares, y las distinguen de las que se usaban a una mano, o de otros modelos que también se usaban a dos manos más grandes aún que las Mano y Media, como los Claymores escoceses, Montantes y Mandobles.
Estos últimos tipos de armas poseían una masa, peso y longitud que hacía necesario el uso de las dos manos para poder manejarse, mientras que las Espadas de Mano y Media podían usarse indistintamente con una sola mano o con las dos, al menos en teoría. Digo en teoría porque estos tipos de espada existieron durante varios siglos y con hojas de diferente forma, y en muchos casos el propio diseño del arma y su equilibrio pensado para potenciar la fuerza del corte, prácticamente impedían el uso fluido con una sola mano. Ya en el siglo XV, habiéndose generalizado las hojas más puntiagudas, en todos los manuales históricos en los que se enseña el manejo de estas armas puede verse que el empuñamiento es indistinto a una o dos manos (aunque con mucha preferencia por el agarre doble) y un nuevo tipo de agarre denominado a Media Espada (Mezza Spada, Halb Schwert) en el que se coloca una mano en la empuñadura y otra en el tercio fuerte o medio de la hoja, para facilitar la estocada y la lucha muy de cerca con armas de esta longitud y, generalmente, armadura.
Una Espada de Mano y Media es un arma de hoja recta y doble filo, cruz más amplia que en el caso de las Espadas Medievales a una mano y empuñadura que permite normalmente acomodar las dos manos. La longitud de las hojas suele estar entre los 85cm y los 105cm, y el arma mide en su totalidad entre 1,08 y 1,30m, situándose el peso entre el Kilo trescientos gramos y poco más de dos Kilos en determinados ejemplares destinados casi exclusivamente a usarse contra los arneses de placas. Los pomos solían tener forma de disco plano en las espadas más antiguas o de hojas claramente orientadas al corte sobre la estocada, y en forma de pera (piriformes), higo o cilindro facetado en las versiones posteriores puesto que, aparte de su función de contrapeso y sujeción, en estos casos deben servir para ampliar el agarre en la medida de lo posible y de forma cómoda, además de para impulsar las estocadas y facilitar una esgrima más fluida. La Empuñadura, siempre de perfil ovoidal, podía ser recta, más gruesa en su parte central o con forma de botella, que era la más usada. Las guardias solían ser básicamente rectas en sus principios, una simple barra de acero sin aristas, pero evidentemente existen infinidad de variaciones con arriaces curvos y adornados que se van complicando a medida que avanzamos en el tiempo. Al final del siglo XV y en el XVI se dotaba a las guarniciones de unos anillos laterales que protegían con mayor efectividad la mano del Guerrero, y otros anillos dispuestos encima de la cruz para proteger los dedos, pues en determinadas técnicas se podía poner alguno encima del arriaz, para un mayor control de la estocada, por ejemplo.
Sin embargo, fueron las hojas las que más cambiaron con el paso de los años, de exactamente la misma manera que sucedió con las espadas de una mano. La Espada de Mano y Media apareció tan pronto como el siglo XIII, y se continuó usando hasta principios de XVII, pero su época de esplendor fueron los Siglos XIV y XV. En el XIII se extendió su uso en toda Europa, normalmente acompañando a los caballeros, que seguían llevando al cinto la Espada a una Mano mientras portaban la Larga colgada de la silla del caballo (por esto mismo, en ocasiones se las denominó espadas de Arzón), hasta que, ya a principios del Siglo XIV, la Espada de Mano y Media sustituyó a la Espada Medieval como arma principal de los caballeros, y se generalizó su uso, despreciando a partir de ese momento el uso del escudo en favor de la protección que brindaban las cada vez más perfeccionadas armaduras. Durante todo este tiempo, y como antes decía, la hoja de las espadas evolucionó de forma paralela a las armas de una mano, y por los mismos motivos. En un principio estas armas tenían hojas que estaban diseñadas preferentemente para cortar, con una anchura respetable, que apenas disminuía hacia la punta, y una masa considerable que las dotaba junto a un último tercio de hoja muy afilado, de un enorme poder de corte y contundencia. ( Oakeshott tipo XIIIa).
Con la llegada de las armaduras de placas, se hizo más secundario el poder de corte a la vez que se hacía necesario un poder de penetración capaz de reventar las anillas de las cotas de mallas, y penetrar entre las placas de las corazas, por lo que las hojas se afinaron y se fabricaban con un perfil de diamante o romboidal (de cuatro mesas) o de hexágono achatado (de seis mesas) a diferencia del lenticular anterior. Las espadas seguían teniendo un fuerte y ancho recazo, pero la hoja se estrechaba a medida que transcurría hacia la punta, hasta acabar en una punta bastante estrecha y fina, muy aguda y rígida. (oakeshott tipos XV,XVI,XVII y XVIII). Este modelo de hojas hacía ganar agilidad y poder de penetración a la espada, mientras le restaba contundencia y poder de corte.
Éstas son las armas que nos encontramos reflejadas en los tratados de esgrima de Mano y Media, cuya amplitud de técnicas y movimientos se hace posible merced a la manejabilidad general y versatilidad de este tipo más evolucionado de espadas.
Más tarde, ya en los albores del siglo XVI, las Espadas bastardas se volvieron a dotar de hojas anchas y cortantes, al la vez que se perfeccionaban sus guarniciones para incrementar la protección de las manos, y todo esto a causa de la entrada en juego de la Pólvora.
Las armas de fuego terminaron por convertir en obsoleta la armadura, y por tanto ésta comenzó a escasear en el campo de batalla, al menos en sus modelos más completos, por lo que el soldado común se volvió a hacer más vulnerable ante un ataque cortante, al mismo tiempo que el atacante era más sensible a los golpes y pequeños cortes en las manos, razones ambas de ésta última evolución de la Espada de Mano y Media (Oakeshott tipo XIXa).
Se trata, de nuevo, de hojas bastante rígidas y pesadas, con un perfil de hexágono achatado (seis mesas) ,acanaladura muy estrecha y corta, sin pasar apenas del primer tercio de la hoja, y generalmente acompañada de otras dos situadas a los lados y de la longitud del recazo, solamente. Estas hojas apenas tienen estrechamiento distal, y son casi tan anchas en la punta como en la base, lo que indica, junto a su robusta arquitectura, que se las ha dotado de una contundente capacidad de corte.
Asimismo, como se mencionaba antes, los arriaces comienzan a complicarse, y verse dotados de anillas laterales para proteger la mano y anillas paralelas a la hoja para proteger los dedos que pudieran situarse en esta al empuñar el arma, aumentando el peso total del arma al mismo tiempo que salvaguardan las manos del esgrimidor. Lo últimos ejemplares de ésta longeva familia, fueron los más espectaculares, merced a la sempiterna evolución.